Cuando convivimos con un diagnóstico crónico, aprender a escuchar al cuerpo se convierte en nuestro mejor hábito. A menudo nos abruma la idea del ejercicio, imaginando rutinas agotadoras o gimnasios llenos de exigencia. Sin embargo, cuando hablamos de una terapia para esclerosis múltiple basada en la actividad física, la regla de oro no es sudar frío ni terminar con dolor en los músculos, sino darle a nuestro organismo la movilidad que necesita para seguir funcionando.
Cualquier movimiento, desde un estiramiento suave hasta una caminata pausada por la sala, marca una diferencia enorme en nuestra salud física y mental.
Fortalecer el cuerpo frente a la medicación
El movimiento constante es la clave para preservar nuestra masa muscular. Incorporar pequeñas resistencias, como el uso de pesas livianas o bandas de fuerza, nos ayuda a mantener los huesos densos y fuertes. Este detalle es vital para quienes convivimos con la enfermedad.
Cuando nos enfrentamos a un brote o recaída, es común recurrir a tratamientos con cortisona. Aunque este medicamento es fundamental para aminorar los síntomas, también actúa como un acelerador de la osteopenia y la osteoporosis. Por eso, acompañar cualquier terapia para esclerosis múltiple con ejercicios de fuerza moderada es nuestra mejor defensa preventiva para cuidar nuestro sistema óseo a largo plazo.
El arte sutil de la caminata: Más que un simple paso
Mi recomendado principal para mantener bien un cuerpo con esclerosis es sorprendentemente sencillo: caminar. Aunque a veces parezca un gesto menor, dar unos pasos diarios, incluso dentro de casa, es un acto de reeducación corporal indispensable.
Caminar es un proceso mucho más complejo de lo que imaginamos. Requiere mantenernos erguidos y activar una cadena coordinada de movimientos transversos que suelen pasar desapercibidos… hasta que perdemos la facilidad para ejecutarlos.
¿Qué pasa cuando cambia nuestra forma de caminar?
Cuando la marcha se vuelve pausada y menos continua, empiezan a aparecer patrones de compensación:
- Nos encorvamos para mirar el piso con temor a tropezar.
- Forzamos un tren de locomoción diferente que nos agota rápidamente.
- Fatigamos otras cadenas musculares de forma innecesaria.
- Alteramos nuestro centro de equilibrio.
Si no detectamos a tiempo estos cambios para corregir la postura y la cadencia, el riesgo de sufrir tropezones o accidentes aumenta. Esto puede derivar en magulladuras, raspones o incluso fracturas que comprometen nuestra autonomía. Si quieres profundizar sobre la importancia de contar con espacios seguros y accesibles para desplazarnos, te invito a leer: Una Carta al IDU.
Disfrutar el proceso: El ejercicio que te hace feliz
Para fortalecer la musculatura, cualquier actividad física suma. Lo ideal es seguir practicando lo que más nos apasiona mientras lo hagamos de forma segura: bailar, jugar fútbol, montar en bicicleta, jugar tenis o tejo.
¿Por qué es tan importante elegir algo que disfrutemos? Porque la motivación es el motor de la constancia. Cuando una actividad nos divierte y nos conecta con amigos o conocidos, deja de ser una obligación y se convierte en un espacio social que eleva nuestro estado de ánimo y fortalece nuestra disposición vital.
Vencer la fatiga a través de la neuroplasticidad
La actividad física diaria tiene un beneficio comprobado: ayuda a reducir la fatiga. Para quienes no la conocen, la fatiga por EM es como un elefante gigante que de repente se nos encaramó en la espalda; una sensación abrumadora de estar moviéndose entre cemento casi seco en cualquier momento del día.
Integrar una terapia para esclerosis múltiple enfocada en el movimiento es la mejor forma de mantener a raya a ese “elefante”. Eso sí, debemos actuar con mesura: no se trata de entrenar para una maratón, sino de avanzar poco a poco, respetando nuestra propia capacidad y observando cómo nos sentimos al terminar.
Incluso cuando la movilidad es reducida, la sola intención de movernos tiene un impacto real. Gracias a la neuroplasticidad, nuestro cerebro guarda la capacidad de crear nuevas conexiones y adaptarse. Pero este maravilloso poder del cerebro es tan profundo que merece su propio espacio, así que se lo dedicaré en una próxima entrega.
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